Un cuento…

… pequeño…

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

Mira, me dijo, tirando con energía de la manga de mi chaqueta mientras me mostraba con orgullo el reloj.

Rodeado de pequeños, y afanado en dibujar soles y pájaros, plantas y mariposas, sólo pude hacer un comentario  ¿Te has dado cuenta de que marca la misma hora que el reloj del campanario? Le  indiqué con un gesto.

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El niño no miró hacia el campanario, me miró con sus ojos rasgados y oscuros que se quedaron prendidos de los míos, con una expresión antigua e insondable. Vi desfilar por su fondo palacios blancos con paredes recubiertas de oro, hombres de armadura, fuego, destrucción, una mujer que lloraba sujetando a un niño,  un cóndor atravesando el cielo en vuelo bajo. Imágenes, imágenes que se sucedían una tras otra y que me hicieron perder la noción del tiempo. Aparté la mirada y volví a la realidad como si despertara de un sueño. Sacudí la cabeza y vi como el muchacho se alejaba despacio para sentarse en el suelo con las piernas cruzadas y cubiertas por el poncho multicolor que caía sobre sus hombros.

Pasado un rato el último chiquillo se alejó riendo con un lagarto pintado sobre el dorso de su mano.

Estiré la espalda mientras miraba la hora y al hacerlo comprobé que el pequeño del reloj seguía sentado en el mismo lugar. Parecía dormitar. Me acerqué con una sensación de inquietud que no quería reconocer.

¿Quieres que te pinte algo, aunque no sea tan bonito como tu reloj?, le dije.

El pequeño se levantó y se acercó a mí.

Me mostró su muñeca de nuevo, cogí su brazo y al mirarlo un escalofrío me subió por la espalda.

… la saeta del reloj  había recorrido los minutos que yo había utilizado en pintar las manos de los otros niños.

Palidecí, el niño me seguía mirando, pero esta vez… sonreía.

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