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Poetizando…

Mañana naceré, hoy se muere el alma
Mis ojos descubren la senda trazada
En un largo año lleno de nostalgia.
Nostalgia de un sueño y vidas pasadas
Mañana naceré, hoy no queda nada
Mi boca se cierra, sedienta, cansada
De falsas promesas, de besos de agua, de caricias locas y sonrisas vanas.
Mañana naceré, hoy no hay esperanza
Mis manos abiertas buscan la mañana,
La vida, la luz, la pasión, la calma.
Mañana naceré…
… nacerá mi alma
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Mi canto es mi lírica y mi lírica es mi alma que renace en cada verso que escribo.
 
Feliz  lunes a toditos, todos los humanos…!!!

Era un sueño…

La noche es oscura, a través de una nube un rayo de plata se refleja sobre el mar, pero Marte una noche más, alumbra en rojo y la plata se tiñe de color. Miro el cielo y es blanco, adivino que miles de estrellas blancas lo atraviesa.

Una de ellas cae a mi lado y una manada de caballos sale de su interior. Galopan por la playa levantando espuma blanca. Sus patas esbeltas se curvan impulsadas por el ritmo de la carrera. Estoy soñando. La manada galopa sin cesar y las dunas de arena dorada se deslizan una tras otra, creando dibujos imposibles. Las crines de los caballos ondean al viento y su pelaje, zaino, alazán, melado, brilla por el sudor que resbala por sus cuerpos. La tierra tiembla con mil sacudidas, la arena se hunde en una espiral de tela de araña y la manada desaparece con ella.

Para volver a emerger en un campo sembrado de verde y amapolas. Ahora llevan jinetes, de oscuros turbantes y vestidos de azul, que galopan inclinados sobre sus monturas. Un ronco grito sale de sus gargantas y el aire vibra igual que la cuerda de una guitarra. La luz pugna con la oscuridad y en la batalla que libran, los jinetes se han convertido en estatuas.

Estatuas que adornan un paisaje a la orilla de un lago. Unas mujeres bailan y bailan mientras las faldas en torno a sus piernas se ensanchan hasta cubrir todo el espacio. Y en sus giros vertiginosos dejan estelas moradas, azules, amarillas. Siento que me envuelven y me convierto en una de ellas.

Gotas de agua, como lagrimas que golpean el cristal, arrastran a las mujeres y sus faldas. El mar en azul y plata las envuelve mientras a su alrededor, las estatuas cobran vida. La noche se encoge empujada por la luz. Los jinetes, los caballos, las mujeres y el lago desaparecen tras el estallido de una luz blanca. Blanca como las estrellas blancas.
Me despierto… era un sueño.

 

Un cuento…

… pequeño…

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

Mira, me dijo, tirando con energía de la manga de mi chaqueta mientras me mostraba con orgullo el reloj.

Rodeado de pequeños, y afanado en dibujar soles y pájaros, plantas y mariposas, sólo pude hacer un comentario  ¿Te has dado cuenta de que marca la misma hora que el reloj del campanario? Le  indiqué con un gesto.

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El niño no miró hacia el campanario, me miró con sus ojos rasgados y oscuros que se quedaron prendidos de los míos, con una expresión antigua e insondable. Vi desfilar por su fondo palacios blancos con paredes recubiertas de oro, hombres de armadura, fuego, destrucción, una mujer que lloraba sujetando a un niño,  un cóndor atravesando el cielo en vuelo bajo. Imágenes, imágenes que se sucedían una tras otra y que me hicieron perder la noción del tiempo. Aparté la mirada y volví a la realidad como si despertara de un sueño. Sacudí la cabeza y vi como el muchacho se alejaba despacio para sentarse en el suelo con las piernas cruzadas y cubiertas por el poncho multicolor que caía sobre sus hombros.

Pasado un rato el último chiquillo se alejó riendo con un lagarto pintado sobre el dorso de su mano.

Estiré la espalda mientras miraba la hora y al hacerlo comprobé que el pequeño del reloj seguía sentado en el mismo lugar. Parecía dormitar. Me acerqué con una sensación de inquietud que no quería reconocer.

¿Quieres que te pinte algo, aunque no sea tan bonito como tu reloj?, le dije.

El pequeño se levantó y se acercó a mí.

Me mostró su muñeca de nuevo, cogí su brazo y al mirarlo un escalofrío me subió por la espalda.

… la saeta del reloj  había recorrido los minutos que yo había utilizado en pintar las manos de los otros niños.

Palidecí, el niño me seguía mirando, pero esta vez… sonreía.

Empezamos…

… semana, instantes, vida…
Porque hoy es lunes, sí ese lunes, lunero… cascabelero y empieza todo otra vez.
Y dejamos atrás el fin de semana, las comidas en la terraza, los paseos a la orilla del mar, las copas al anochecer en aquel bar a media luz mientras contemplábamos la ciudad a nuestros pies.
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Nos ponemos el traje, los tacones, las gafas que ya vamos necesitando y… el despertador que nos impulsará de un maravilloso sueño a la realidad de las siete de la mañana.
Maravillosos lunes… que, pese a todo, ahí está, porque sin él… no habrían martes, miércoles…
Una sonrisa para este lunes incomprendido… un día que sólo será importante si somos capaces de compartir todas nuestras emociones con los que nos acompañan.