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Escribo…

Escribo, escribo y escribo…
Desde la alegría, desde la serenidad, desde el calor.
Amaneció triste y nublado, pero después de la lluvia el sol inundó mi habitación y todo volvió a ser como antes.
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Sentí la ilusión de estar viva, de ser capaz de divertirme y disfrutar con las pequeñas cosas que me rodean.
De agradecer a todos aquellos que me aman, incluso en los momentos en los que no merezco ser amada. De amar yo a mi vez, sin freno, sin tasa, sin medida. Sin pedir cuentas a nadie. Amar, por amar y amando.
En las noches, en las que luna, compañera de mis sueños, me habla con su luz y trae para mí los que se habían perdido en el tiempo y en la distancia.
En el día, cuando construyo esos sueños, algunos veces inalcanzables por ser sueños y a los que me niego a renunciar, aunque no olvido que… los sueños, sueños son.
En la vida, que dibujo cada día, con los colores que deseo.
Sin volver la vista atrás.
Sin excusa, sin pretexto para vivir… para soñar con los ojos abiertos… para olvidar.

La autora…

“La noche era fría y oscura”… del, del, del… “La fría noche la envolvía con su oscuridad”… del, del, del… “Ana dormía mientras la oscuridad y el frío de la noche”… del, del, del…
El destello desolador de una página en blanco ilumina tenue la habitación, mientras el joven aspirante a escritor se desespera. Son las dos de la madrugada y los minutos caen, pesados como losas, mientras es incapaz de trenzar dos líneas. Su mente se centra en la idea recurrente de que está a punto de perder su mejor, quizá su única oportunidad, de hacer realidad el sueño de convertirse en escritor. La emoción y la alegría de cuando recibió la invitación a participar en un libro de relatos cortos ha quedado atrás, sepultada por las noches de insomnio ante el ordenador y los días durmiéndose por la esquinas, que a punto le han estado de costar el lugar de trabajo.
Esto no es lo que yo esperaba, piensa.
Necesita despejarse y de forma impulsiva coge las llaves de la moto y el casco. Montado en su Harley rasga el silencio de un miércoles de octubre mientras recorre las calles desiertas de su ciudad. El aire fresco de los primeros días de otoño actúa como un bálsamo que le serena el ánimo aunque no le trae la inspiración.
He de encontrar una buena idea. Sólo necesito eso, un buen punto de partida. Sabe que aunque su estilo no es ni mucho menos perfecto, lo importante de un relato es su fuerza y que ésta nace siempre de una buena historia.  Mientras conduce recuerda la presentación a la que asistió el viernes anterior.
Se encontraba paseando por las calles del centro de la ciudad, buscando, ya de forma bastante desesperada, alguna experiencia, alguna imagen, sobre la que escribir. Al pasar por delante de unos grandes almacenes se fijó en el cartel promocional de la presentación de un libro. No tenia prisa, no le esperaban, y pensó que quizá podría aprender algo. La poca fe, o la soberbia con la que entró en la presentación se transformaron en respeto al empezar a leer el libro que compró a la entrada. Y aquel respeto mutó en profunda admiración cuando escuchó a la autora explicar detalles del proceso de su escritura. Al final de la presentación, se acercó para que le firmase el libro, le comentó que él también era escritor, una pequeña mentira vanidosa, y que próximamente una editorial que ella también conocía iba a publicar algo suyo.
Si tuviese la mitad de su talento,  piensa ahora.
Aparca la moto en el parking y sube a casa dispuesto a realizar un intento desesperado. Son las tres y media, pero aún así le manda, a la escritora, un correo electrónico con el título “Hola” explicándole cómo ha disfrutado con su libro. Se queda mirando la bandeja de entrada durante unos minutos sin ninguna confianza en recibir respuesta. Y de repente… clink. El ordenador emite un sonido, aparece un uno entre paréntesis al lado de la bandeja de entrada y en la vista detallada un correo “Re: Hola”.
Increíble, está despierta, piensa.
El joven escritor se sienta ante la página en blanco, ahora ya no le da miedo. Empieza a teclear:
““La noche era fría y oscura”… del, del, del… “La fría noche la envolvía con su oscuridad”… del, del, del… “Ana dormía mientras la oscuridad y el frío de la noche”… del, del, del…”
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La claridad del atardecer rompe en rojo la línea del horizonte mientras una luz tenue inunda el cielo de la ciudad. Las farolas titilan en haces luminiscentes e iluminan una terraza en la que la autora toma pequeños sorbos de una taza que rodea con sus manos.
Su gesto es algo preocupado mientras retira de su frente unos mechones de pelo rebelde en los que se adivina alguna cana.
¡Han pasado tantos años!, piensa, mientras escucha la cacofonía de la ciudad que se prepara para el sueño.
Mañana habrá otra presentación, otro libro nuevo. Ya casi ha perdido la cuenta de todo lo que ha escrito. Pero… esta vez es diferente.
Sabe que todos piensan que ha triunfado. Sus libros adornan las más conocidas librerías de todas las ciudades del mundo y su nombre se escribe con ese tamaño de letra que sólo está reservado a quien ha alcanzado el Olimpo de los escritores. Da igual que tengas o no una silla en la Real Academia, lo importante es que muchas manos sostengan un libro con tu nombre y que las arcas de las editoriales se llenen con las ganancias.
La autora suspira. ¿Dónde quedó su sueño? Aquel sueño hermoso en el que escribía con entrega, más allá de los condicionantes del éxito y del dinero. ¿En qué recodo del camino alguien le ofreció un jugoso caramelo y ella lo tomó sin preguntarse si era suficiente?
No lo sabe, pero después de tanto tiempo, ha comprobado que no lo era. Mira lo viejos álamos, movidos por la brisa de un otoño incipiente, que adornan la avenida y acuden hasta ella los viejos deseos olvidados.
Escribir, escribir, escribir. Retratar la vida, la gente, las pasiones, los lugares. Contemplarlos con los ojos, describirlos con el corazón. Descubrir las historias que le eran ofrecidas día a día y encontrar a la vuelta de cada esquina un motivo que despertara su pasión y poderla llevar al papel.
En el libro que presenta mañana se arriesgó y ahora tiene miedo. Miedo de que este libro en el que ha colgado el corazón y ha volcado la pasión negada a todos sus demás libros, no tenga el éxito de los demás.
El café se ha quedado frío en la taza. El ronroneo suave y característico de una Harley circulando frente a la terraza, le hace levantar la cabeza. Otro de sus sueños no cumplidos… conducir una Harley.
Otra vez suspira, pero esta vez sonríe.
Ella no puede con una moto de ese tamaño, piensa. Ni tampoco, seguir escribiendo como lo hacía.
Una mesa y tres personas en ella. El editor, siempre presente, y una amiga. Una gran amiga que ella sabe que hará una presentación sincera y admirada.
Viejos ritos para nuevos libros, piensa la autora.
Levanta la cabeza y la cantidad de gente que ve le impresiona. Nunca podrá acostumbrarse a enfrentar tantas miradas en las que descubre, más allá de ellas, nuevas historias.
Vuelve a aletear en su estómago la incertidumbre.
Llega el silencio y el editor repite los mismos elogios de siempre. La concurrencia aplaude con fervor pese a que debe haberlo oído muchas más veces.
El turno de la amiga. Y es aquí donde la autora se reconoce porque sabe que su amiga ha compartido y comprendido su necesidad de cumplir un sueño.
Siguen los aplausos y la autora piensa si se han dado cuenta de que ella se ha convertido en otra persona. Si les gustará a ellos como escribe esa nueva persona.
Uno tras otro llegan llevando en las manos su libro. Le piden sus deseos. Ella los mira a los ojos mientras repite sus nombres e intenta que se vayan felices por sus particulares dedicatorias. Se sigue preguntando si han entendido.
Ha firmado muchos libros y está algo cansada, pero de repente levanta la mirada y encuentra otra que la observa con atención. Ojos oscuros detrás de unas gafas. Una chupa de cuero digna de una Harley. Pasa por su mente, veloz, el recuerdo de la noche anterior, el sonido de la moto frente a su terraza. Es un chico joven el que la mira entre curioso y admirado. El también escribe, le dice. Publicará dentro de poco.
La autora, con un toque de intuición, siente una pasión similar a la suya en las palabras del muchacho. Le anima, le deja su correo, cosa poco frecuente, y sigue firmando ejemplares. Con el rabillo del ojo observa al muchacho que, casi con esfuerzo, se aleja.
Vuelve a caer la noche sobre la terraza. Los álamos duermen. La autora con gesto cansado apura, esta vez con más urgencia, su café. Entra en la casa se acerca al ordenador y mueve ligeramente el ratón. Se ilumina y abajo en la parte inferior, un pequeño destello le indica que acaba de recibir un email.
¡Las tres de de la mañana!, se sorprende.
Lo abre con algo de curiosidad.
“… todos creen saber algo de usted, pero solo después de leer su libro creo que se puede decir que…”
La autora sonríe mientras recuerda la mirada de unos ojos oscuros detrás de las gafas y piensa; “los dos hemos encontrado una buena historia”