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Una gran broma…

Yo no quería ir.
Nunca me gustaron los tanatorios. Ya el nombre me crea una especie de desazón. Y no es porque me de miedo la muerte. No, no me asusta, pero me horroriza la liturgia que la rodea.
Pero tenía que estar allí porque ella lo necesitaba.
Le di un abrazo grande, esos de oso que tanto nos gustan a las dos. Al hacerlo, me di cuenta que era muy menuda y que se estremecía.
Es curioso, como mi mente se dividió en dos pensamientos; por un lado la rabia que sentía por lo injusto de aquella muerte y por el otro el que no me hubiera dado cuenta de lo chiquita que era aquella persona a la que conocía desde hacía años.
Alrededor todo el muDOLORndo comentaba, decía, alababa al que se había ido y en algunos casos, los menos, se reían por el comentario jocoso del vecino.
Me alejé, necesitaba estar sola porque al tiempo que la angustia me llevaba, pensé en la gran broma que nos gasta la vida. Me sentí engañada porque pensé que tanto hijo de que van por el mundo pisoteando cabezas, ahí siguen y una buena persona que no había hecho daño a nadie, se marchaba así de repente, sin dar tiempo para reaccionar.
Aunque… ¿cómo vas a reaccionar?
Nunca es el tiempo para que la persona a la que quieres se vaya para siempre. Ni para hacerte a la idea que es la despedida final, horrible por definitiva.
Me acerqué para despedirme. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando la abracé de nuevo, pero ya no tenía demasiado claro por qué lloraba, si por ella, por mí o porque la vida, en aquel momento, me parecía totalmente injusta.
No, la vida no era justa, por eso, había que apurarla minuto a minuto porque nunca sabías en que momento te podía dar una puñalada por la espalda.
 

EL VALOR DE UNA SONRISA…

Pasaba cada día por la puerta de mi despacho, silenciosa, tranquila, pero siempre sonriendo.
Desde mi mesa oía su voz saludando y yo pensaba entonces que la mañana era más luminosa, más acogedora, más humana.
Luego me perdía en mi trabajo y parecía que la olvidaba, pero no, de vez en cuando recordaba esa sonrisa y todo me parecía más fácil.
Un día  tuve que ir al departamento donde ella trabajaba. Estaba en el mismo edificio, en el mismo lugar, pero tan lejano de mí como las antípodas.
Mientras esperaba, la observé y seguí haciéndolo en los días sucesivos cuando tuve que ir de nuevo.  Me dí cuenta que la gente a su alrededor la ninguneaba, que sus opiniones válidas y competentes, no eran escuchadas, que su sonrisa se perdía entre un montón de intereses, de hipocresías, de amabilidades medidas y tasadas.
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En uno de aquellos instantes de observación me sorprendió, pero yo no bajé la mirada. Cuando nuestros ojos se encontraron, las dos nos entendimos con ese lenguaje que va más allá de la palabra. En los suyos presentí el dolor.
Pensé que lo que triunfa, lo que medra, lo que asciende, es el comercio servil e interesado. La manipulación y el engaño, la sonrisa fácil y la crítica punzante e hipócrita.
Su sonrisa limpia, serena y tranquila servida cada mañana como un regalo para el corazón, se hacía añicos frente a la mezquindad. Y en ese instante sentí rabia porque las personas que la rodeaban, no se merecían aquella sonrisa. No se merecían nada. Quizá era injusta y  una sonrisa no era suficiente para hacer de una persona, un ser humano bueno, pero aquella sonrisa iluminaba sus ojos. No se quedaba en una mueca provocada por un deseo de agradar, no, era una sonrisa que surgía de unos sentimientos profundos y limpios.
Pasaron unos días y volví a subir aquella escalera que me llevaba a las antípodas. Ella, ya no estaba allí. Todo me pareció diferente. La luz era la misma, pero parecía no tener la misma intensidad. Un aire menos puro atravesaba la estancia. Pregunté por ella.
Se fue, me contestaron, un día su mesa apareció vacía y, la verdad, no sabemos por qué, pero cuando miramos hacia donde ella se sentaba, sentimos la sensación de haber perdido algo.
¿Quizá su sonrisa?, pregunté.
Nadie me contestó, todos bajaron la cabeza.

Hoy me permitiré…

… un punto de tristeza.

Me miras intrigado, sé que piensas que permitirse algo de tristeza no es placentero, pero… ¿me entiendes tú acaso?

Alguien me dijo un día,… tú debes ser siempre feliz.

Le pregunté: ¿por qué piensas eso…?

Y me contestó: Porque siempre sonríes.

Le contesté con la misma arma que él utilizó, le sonreí.

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¿Sabe el que te mira lo que, algunas veces, tienes que pagar por una sonrisa?

No, no lo sabe. Pero tú si que sabes el dolor que te cuesta sonreír. Cuando has perdido a una de las personas a la que más querías y te fuerzas para regalar una sonrisa porque piensas que los demás ya tienen sus propias penas.

Por eso hoy quiero darme ese minuto en el que dejaré mi eterna sonrisa.

Pero no temáis porque lo haré en el silencio de mi habitación, cuando ya la luz le haya dejado sitio a la oscuridad, cuando los sueños de los otros no se contaminen con mi tristeza, cuando solo yo sienta ese minuto que me inunda con una sensación de pérdida, cuando el tiempo barra mis recuerdos y todo lo que fue se convierta en pasado.

Después de la catarsis, recuperaré la sonrisa que quedó colgada del perchero, me la pondré,  saldré de nuevo y la repartiré como la botella de leche, el periódico o el correo y volveré a oír:

Tú debes ser siempre feliz…

Quizá no sepan que tengo la habilidad de sonreír pese a todo…