Seda…

«De pronto,
sin moverse lo más mínimo,
aquella muchacha
abrió los ojos»
 
Ayer volví a leer Seda.
 
Coges el libro y empiezas a deslizarte por él de una forma tan ligera que cuando has llegado al final, piensas si lo que has leído es tan solo un sueño.
Es un viaje a través de la sensibilidad y con una estética tan delicada que parece una caricia. Caminas entre sus páginas y poco a poco te dejas embargar por la historia.
Su sencillez te atrapa, pero acaba por hacerte una herida en el corazón a fuerza de intentar dar nombre a un amor que no tiene nombre.
 
 
 
Es un libro bellísimo para leer en esa terraza íntima frente al mar, oyendo como te arrulla su sonido o frente a una chimenea encendida mientras las montañas te observan.
En soledad, con una luz tenue, te dejas llevar hasta un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento, cogidos de la mano de Hervé Joncour.

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