Las caras de la pasión…

Discutíamos sobre la pasión y tú me decías:
 «La pasión, ese sentirse arrebatado, obnubilado, entontecido pero eso… sólo puede durar como máximo uno, dos años. No creo que pueda durar más»
 Lo siento, no estoy de acuerdo contigo. ¿De qué hablamos, de la pasión en el sexo, en los sentimientos, la pasión en todo lo que hacemos y deseamos?
 La pasión no es eterna, en eso estoy de acuerdo contigo. No estamos en un eterno estado de apasionamiento. La pasión como la felicidad, son pequeños destellos de un estado de ánimo que desearíamos que durara siempre.
La pasión se alimenta del amor y no al contrario.
 
La pasión es abrir los ojos y encontrarte a tu lado a la  persona que amas y darte cuenta de que aunque hayan pasado los días y los años, sigues deseando que te acaricie con la misma necesidad que sentiste al  verle la primera vez.
La pasión es desear que tus hijos sean felices viviendo sus propias vidas.
Es sentir que la vida te ha hecho un regalo cuando una tarde quedas con un amigo y mientras charlas con él, sabes que los lazos que le unen a ti no pueden romperse ni con la muerte.
La pasión está ahí.
Puede dormir o aparecer de improviso. No la llamas, no la esperas, pero sientes que algo te arrebata y es entonces cuando un hormigueo recorre tu cuerpo y unas veces es la sangre que se acelera por tus venas, otras es la ternura infinita que fluye de tu corazón y otras es el dolor que te atraviesa.
Apurar la vida a sorbos  bebiendo todo lo que te ofrece  y pensando que realmente vale la pena vivirla…  ¿no es eso la pasión?

Seda…

«De pronto,
sin moverse lo más mínimo,
aquella muchacha
abrió los ojos»
 
Ayer volví a leer Seda.
 
Coges el libro y empiezas a deslizarte por él de una forma tan ligera que cuando has llegado al final, piensas si lo que has leído es tan solo un sueño.
Es un viaje a través de la sensibilidad y con una estética tan delicada que parece una caricia. Caminas entre sus páginas y poco a poco te dejas embargar por la historia.
Su sencillez te atrapa, pero acaba por hacerte una herida en el corazón a fuerza de intentar dar nombre a un amor que no tiene nombre.
 
 
 
Es un libro bellísimo para leer en esa terraza íntima frente al mar, oyendo como te arrulla su sonido o frente a una chimenea encendida mientras las montañas te observan.
En soledad, con una luz tenue, te dejas llevar hasta un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento, cogidos de la mano de Hervé Joncour.

O quizá no…

«¿Cuáles son sus preferencias?», le preguntaron los periodistas al arzobispo, que contestó: «Para mí, un negro». Ante la respuesta, le volvieron a cuestionar: «¿Un papa negro?». Y fue entonces cuando el arzobispo replicó: «Sí, ¿no se vería bonito así, una mosca en leche?»
Tras la polémica frase, el obispo resaltó que lo más importante es que el nuevo papa conozca «varios idiomas» para que se relacione con todas las culturas»
Respecto a la primera frase, yo le diría a monseñor que precisamente a mí la imagen de una mosca en la leche más me repugna, que me parece bonita, pero ¡claro! todo es cuestión de gustos. A mí me gustaría un papa negro, blanco o de cualquier color, que hablara idiomas o no, porque, digo yo…
Nunca he pensado que tuviera que tener un color u otro para acercarme a las personas, ni se me ha pasado por la cabeza que sólo hablando urdu podría comunicarme con un pakistaní, ni se ha tambaleado mi fé, con la que tengo una batalla contínua, porque haya «dimitido»un papa.
Pues no.
Pienso que los políticos sí que deberían aprender idiomas (y de paso respeto, consideración, honestidad, sinceridad…) pero el Papa se supone que no lo es.
Creo que es el padre que se puede acercar a nosotros desde el cariño y la bondad, desde la conciliación y el amor.
No necesita saber idiomas, no significa nada su color, tan solo necesita ser humano y tendernos su mano.
 

Creo que sería suficiente con pisar el suelo que nosotros pisamos, que tuviera conocimiento real de los problemas que tenemos, que viviera la realidad que vivimos.
Pero, por desgracia esa realidad no es capaz de saltar los altos muros del Vaticano.

Por supuesto puedo estar equivocada, o quizá… no.

Es rojo…

Hoy es todo rojo, en los labios, en la seda que envuelve mi cuello, en las borlas de mis zapatillas.

He andado despacito sobre la madera del  suelo, y más allá también el cielo estaba rojo. En un amanecer que intenta alejarse del azul que llega.

Roja, es la pasión con la que me has recibido. Viernes rojo de lágrimas en la amistad, en la alegría,  en la esperanza.

Sí, todo rojo, de optimismo y de coraje.  Todo vuelve… ¿volverás?

Hay días…

…en los que te levantas y nada más tocar tus pies  el suelo, notas que el aire no es leve y que pesa sobre tus hombros como un abrigo hecho a medida, que aunque brille el sol tu mirada solo percibe el gris en su tonalidad más oscura, que oscilas entre los malos recuerdos y las peores premoniciones, pero…

… hay días en los que una sonrisa, un abrazo, una mirada y un regalo en forma de botella de colonia, te devuelven la intangible levedad y el sol cobra una nueva luminosidad en tu mirada.

Se cerró el círculo…

Su vida empezó en el mismo lugar, pero nada tiene que ver la sangre ni la educación. Uno era tierra, el otro agua, los dos mezclados pero sin llegar a convertirse en uno solo. Más bien su trayectoria fue un continuo desencuentro. Los vientos les llevaron lejos el uno del otro y cuando apenas se rozaban sus vidas las chispas saltaban creando nuevos abismos. Pero no hay sima que no se llene con lo imprevisto y ese imprevisto llegó en forma de desamparo y soledad.

Entonces la tierra buscó el agua y cuando se fundió con ella… se cerró el círculo. Se volvieron a encontrar allá donde todo empezó, pero habían entendido una cosa… que solo se vive intensamente cuando se pone en juego el corazón… aunque te lo rompan, porque siempre te lo rompen aquellos a los que más quieres.

Inspiración…

Está en la esquina, quisiera ver el mar, pero el azul se convierte en verde hoja salpicando los árboles que recorren el bulevard.
El pequeño café, está en la esquina.
El aire de un martes de invierno despeina mi pelo… ¿lo podrás desenredar?

Inspiración, inspiración… creo que es un buen momento para desconectar… desconecto!!!
Quizá… otro día.

La fragilidad de las Ipomeas

Fragmento de la novela «La fragilidad de las Ipomeas»


«Pero ahí estaba, en medio del caos de mis sentimientos. Fue la que hizo que me  enfrentara a la vida que había llevado hasta aquel momento y que me preguntara, si era lo que yo realmente deseaba. Guio mis pasos en la búsqueda de una felicidad que en el pasado pensaba que podía encontrar al dar la vuelta en la primera esquina.
 
 

         Hoy, al volver la vista atrás, compruebo, que tengo que doblar muchas esquinas para conseguir ya no la felicidad, que aún en este momento no sé muy bien lo que significa, sino para encontrarme a mí misma o por lo menos una ligera imagen de lo que yo he deseado ser.»
 

VITA BREVIS…

Tal vez haya un Dios que nos conozca. Si fuera así, tengo el convencimiento de que habrá guardado todo cuanto de bueno nos regalamos el uno al otro. Pero si no existe, mi vieja alma gemela, no hay nadie en todo nuestro vasto imperio que se conozca mejor que tú y yo (Jostein Ga 
arder)

Un día me llamó un buen amigo mío. Es uno de esos amigos que han formado siempre parte de mi vida. Ya ni recuerdo cuando apareció en ella aunque sí que recuerdo cuando se fue.
Lloraba. Su pareja desde hace 26 años le dejaba.
Y… ¿sabeis porqué? Porque había encontrado a Dios. Y encontrar a Dios suponía abandonarle a él. A su pareja desde hace 26 años. Su confesor así se lo había aconsejado. Debía ser casto, puro, nada de sexo y mucho menos el sexo con un hombre. Porque resulta que la pareja de mi amigo es un hombre.
Daba igual que mi amigo fuera bueno, honrado y sobre todo que quisiera a su pareja. El Dios del confesor, así lo pedía.
Pero ¡eso si! amigos en Cristo podían seguir siendo.
Me indigné… ¿como darle consuelo, como hacerle entender….? Ni yo misma podía creerme lo que oía.
Me enfadé y pensé, no ¡ese no es mi Dios! Mi Dios ama el amor venga de donde venga.
Mi Dios me creó no para que viviera en un oscuro laberinto de expiación, sino para que disfrutara de las cosas que había creado junto conmigo.
Mi Dios me mira y sonríe.
Pero… las casualidades existen. En estos días pasados otra buena amiga me regaló un libro. A ella le había parecido muy bello, ¡Vita Brevis!
No sólo lo he leído, lo he devorado y no sé que extraña sensación he sentido cuando he visto reflejado en lo que he leído, lo que yo siento.
Es una historia de amor desgarrada, pero desde la serenidad que dan los años y la distancia.
Es una historia de amor pura, porque es la unión de dos almas más allá de toda duda.
Y es una historia de amor truncada porque en un momento se quiso salvar un alma que ya estaba redimida por el amor.
Un libro para leer, para sentir, para disfrutar y sobre todo para pensar. Desde mi humilde opinión os lo recomiendo.

Era diferente…

Me sentaba a escribir.
A mi espalda el ventanal dejaba entrar una luz tamizada por las cortinas de gasa y los libros desde las estanterias se convertían en silenciosos amigos ocasionales que me acompañaban sin molestar.
Fuera la copa de mi arbol golpeaba con pequeños roces el cristal de la ventana y me hablaba sin palabras.
Nació al tiempo que yo escribía y juntos vimos crecer él su tallo y sus hojas y yó mis páginas que en aquel  tiempo fueron blancas.
Era el único árbol diferente que adornaba la calle.
Se mostraba nostálgico y dorado en el otoño, delgado y desnudo en invierno mientras estiraba sus ramas buscando los rayos de sol, espectante y verde en primavera, relajado y pleno en el verano.
Me marcaba las estaciones igual que marca las horas un viejo reloj, al tiempo que las hojas, que ya no eran blancas, se cubrían de historias y de cuentos.
Aquella mañana repetía mi ritual pero cuando me senté y empecé a escribir, eché algo de menos. El roce leve que me acompañaba sin palabras.
Miré a traves de la ventana…  había desaparecido. En el suelo un pequeño cuadrado lleno de tierra me contaba que una vez existió. En el silencio de la noche un ladrón me lo había arrebatado.
Apareció otro árbol diferente, pero  no volvió a rozar mi ventana y yo tampoco deseé que lo hiciera.
Me quedé con una pregunta… ¿desapareció porque era diferente?… nadie me la contestó.