Categoría: Opinión

O quizá no…

«¿Cuáles son sus preferencias?», le preguntaron los periodistas al arzobispo, que contestó: «Para mí, un negro». Ante la respuesta, le volvieron a cuestionar: «¿Un papa negro?». Y fue entonces cuando el arzobispo replicó: «Sí, ¿no se vería bonito así, una mosca en leche?»
Tras la polémica frase, el obispo resaltó que lo más importante es que el nuevo papa conozca «varios idiomas» para que se relacione con todas las culturas»
Respecto a la primera frase, yo le diría a monseñor que precisamente a mí la imagen de una mosca en la leche más me repugna, que me parece bonita, pero ¡claro! todo es cuestión de gustos. A mí me gustaría un papa negro, blanco o de cualquier color, que hablara idiomas o no, porque, digo yo…
Nunca he pensado que tuviera que tener un color u otro para acercarme a las personas, ni se me ha pasado por la cabeza que sólo hablando urdu podría comunicarme con un pakistaní, ni se ha tambaleado mi fé, con la que tengo una batalla contínua, porque haya «dimitido»un papa.
Pues no.
Pienso que los políticos sí que deberían aprender idiomas (y de paso respeto, consideración, honestidad, sinceridad…) pero el Papa se supone que no lo es.
Creo que es el padre que se puede acercar a nosotros desde el cariño y la bondad, desde la conciliación y el amor.
No necesita saber idiomas, no significa nada su color, tan solo necesita ser humano y tendernos su mano.
 

Creo que sería suficiente con pisar el suelo que nosotros pisamos, que tuviera conocimiento real de los problemas que tenemos, que viviera la realidad que vivimos.
Pero, por desgracia esa realidad no es capaz de saltar los altos muros del Vaticano.

Por supuesto puedo estar equivocada, o quizá… no.

La honestidad…

No era día para paseos. El gris de la mañana se había convertido en una lluvia persistente que te dirigía hacia el sofá donde te esperaba una manta y un buen libro. Esa era mi intención, leer, pero no debía estar demasiado concentrada en mi libro («Un hombre en la oscuridad, Paul Auster») porque, aunque la voz de fondo, hasta aquel momento, era un murmullo en un instante se convirtió en un trueno.
La honestidad, decía desde el cuadrado de la caja mágica.

Cerré el libro con rabia y sólo deseé poseer aquellas artes, fueran buenas ó malas, que me hicieran trasladar en un suspiro frente a aquella mujer que hablaba de honestidad.
¿Honestidad, señora? No creo que ustedes sepan lo que es la honestidad. Quizá yo tampoco pueda definirla, pero sé lo que es.
La honestidad es lo que nos hace mirarnos cada día en el espejo y comprobar que no somos perfectos, que no nos engañamos a nosotros mismos pensando; sí, lo soy. Es ser coherentes con lo que pensamos y decimos y consecuentes con lo que hacemos. Es reconocer que la sinceridad no es suficiente, tan solo una parte de la honestidad. Y es aplicarla en cada una de las facetas de nuestra vida. La privada, la pública, la íntima, la secreta…
Y a estas alturas de mi vida, también sé que la honestidad no es mirarte el ombligo y considerar que sólo «los míos» son los honestos.
No, señora mía, «los suyos» no son particularmente honestos, más bien yo diría que todo lo contrario.
Pero en aras de esa honestidad de la que a mí sí que me gustaría presumir, le diré que… no soy quien para juzgarles.
O… ¡quizá sí!
Porque al fin y al cabo, ustedes, sean del color que sean, manejan mi vida, mi destino y hasta mi dinero y quizá por eso puedo decirles…
Menos cansarnos los oídos con falsas presunciones de honestidad y más aplicarse al cuento. Y si por casualidad no saben cuál es el significado de «honestidad» recurran al diccionario de la RAE e igual se enteran.