Categoría: Conversaciones

El sombrero…

… y sobre él…

Sí, tengo que escribir un relato sobre el sombrero, pero…

¿Qué puedo decir sobre el sombrero…?

Quizá…

 Recuerdo a Edu con su sombrero de piel y su chupa negra paseando por Baker Street en un día inusualmente luminoso de Londres. Era el día del orgullo gay y la calle hervía de color, música y movimiento. Desde las carrozas nos lanzaban flores y a él algún piropo que quedaba prendido en su sombrero cuando lo separaba de su cabeza y lo agitaba en el aire. Se le veía feliz como nunca lo había sido.

Y también a mi abuelo, con un Borsalino marrón sobre sus cabellos blancos, blanquísimos. Se lo inclinaba hacia adelante con un ademán misterioso y por debajo brillaban unos ojos azules con un toque de travesura. Un aire interesante y coqueto que se diluía en la mirada de ternura que nos dedicaba.

sombreros2Y mi padre, en la montaña, con aquel sombrero de fieltro duro de pastor saboyardo, ancho de alas, que le hacía parecer un habitantes de las cumbres. Se lo quitaba para saludar a los excursionistas ocasionales con los que nos cruzábamos en los veranos de nuestra infancia.

Y recuerdo, sí, recuerdo a aquella anciana sentada en Hyde Park, en un banco rodeado de enredaderas y rosas silvestres en una primavera húmeda, mientras las fuentes repiqueteaban con un sonido de cristal. Sujetaba con firmeza su sombrero gris de hongo al tiempo que leía un libro de Adele Parks y sonreía con complicidad. Una ráfaga de aire lo arrancó de su cabeza. Ella se levantó con un movimiento ágil y corrió tras él. Cuando lo recuperó lo acarició con lo que a mi me pareció, un gesto de ternura. Cómo quien acaricia a un amigo.

… son recuerdos, pero… ¿qué puedo decir de los sombreros…?

Caminaba…

>… delante de mí…

Su larga melena rojiza se balanceaba con un movimiento que a mí me pareció igual al de las olas que acarician la playa. Sus pasos eran relajados y tranquilos y se movía con la complacencia de saberse y sentirse bella.

No pude evitar una sonrisa, pero… él me vio sonreír.

melena rojiza

Se puso a mi lado…

– Vaya… es que ahora te gustan las mujeres? -dijo con su tono de depredador cínico y seguro de sí mismo.

No -le contesté – Simplemente me gusta admirar la belleza.

No me respondió… quizá ni siquiera comprendió lo que yo le decía.

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Llueve…

… sí, cariño…
 
– Sólo se te ocurre decirme eso…?
 
… sí, cariño, aunque… también te puedo decir que la dejaremos caer.
 
– No tiene gracia, me entristece la lluvia…
 
Foto de Internet
 
 
No estés triste, la lluvia refresca, limpia, nos asegura el agua…
 
– Sí, pero la lluvia me dice que la puerta del otoño  está ya entreabierta y no me gusta el otoño…
 
¿No te gusta lo que trae el otoño, los ocres, dorados, marrones y amarillos, las castañas, la chimenea, el calorcillo bajo la manta…?
 
– ¿Todo para ti encierra algo prometedor, interesante, bonito…?
 
Sí cariño…

No sabía…

… no era capaz de encontrar argumentos para paliar su tristeza.
Para hacerla desaparecer de su rostro, de habitual sonriente y sereno.
Tres relaciones, me decía, y las tres han naufragado en un mar de equívocos, egoísmo, crueldad y traición.

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¿Qué le podía decir?
No era suficiente hacerle ver que en algunos momentos todos habíamos fracasado. Que equivocarnos era parte de nuestra condición de humanos.
No era suficiente, porque había tal derrota en su mirada que todo aquello me pareció trivial.
Quizá decirle que cada mañana, con cada nuevo día, éramos dueños de nuestra vida y como tales podíamos decidir qué queríamos hacer con ella.
Quizá que, algunas veces, podía ser suficiente otros tipos de amor para que nuestra vida estuviera llena.
Quizá que la soledad escogida, asumida y disfrutada, es mucho mejor que una convivencia vacía y desencantada.
Todos estos quizás, acudieron a mi cabeza mientras la miraba perdida en aquel sentimiento de fracaso.
Y entonces cuando vi que sus ojos se desbordaban de lágrimas…
… hice lo único que sentí que necesitaba…
la abracé…

Violeta…

… ese es el color…

Y… por qué violeta y no, rojo, blanco o azul?
Porque hoy, es el día en que me siento violeta.
¡Qué gracia! No es posible que te sientas de un color.
¡Ah!, no?
Pues, no. Bien, mal, triste, alegre, así te puedes sentir, pero no de un color.
Pero… ¿Tú sabes como me siento cuando es el día violeta?
La verdad es que me resulta imposible imaginarlo.
Pues verás…
En el día violeta siento la necesidad de transformarme en una persona distinta a la que soy…
¿No te gusta como eres?…
Sí, mujer, pero necesito algo más.
No te entiendo nada…
¿Y si te dijera que en ese día me siento más sensible a la belleza, más cercana a la espiritualidad?
Seguiría sin entender lo del color violeta…
Entonces ya no te digo que en el día violeta me puedo perder en la música, en una mirada, en un roce, en una sonrisa, en el aleteo de unas manos, en el hueco de un abrazo, en una voz.
Me vuelves loca…
Puede ser… también suelo volver loca a la gente en mi día violeta… por lo menos es lo que me dice él.

 
 
 

Mi cita…

… estaba casi segura…
¿Y cómo puedes tener esa seguridad…?
No te lo puedo decir…
¿Ah, no confías en mí?
Sí, si confío en ti, lo que ocurres es que…
¿Qué ocurre…?
Pues que no sé cómo explicar que hay citas que sabes de antemano que van a ser un éxito.
Bueno, eso pasa…
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Sí, tienes razón pero lo que me hace pensar que hay personas que están hechas para encontrarse, se confirma,
Si?
Sí, después de la conversación de tres horas que he tenido esta mañana con mi cita.
Tienes mucha imaginación…
 
Pues… será, pero… ¿te das cuenta de que por esa imaginación estoy hablando contigo?
Pues mira… no había pensado en ello.
 
Entonces… ¿estamos de acuerdo…?
 

Era tarde…

… cuando se levantó del sillón frente al ordenador.
 
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Se acercó hacia él despacio y se sentó a su lado en el sofá. Él puso la mano sobre su pierna sin dejar de leer el libro que tenía entre sus manos, pero al cabo de unos momentos ante la insistencia de la mirada de la mujer, lo cerró, y como si una idea súbita acudiera a su mente le dijo:
– ¿Sabes lo que pienso…?
Ella le miró y subió las cejas interrogando.
– Que siento no tener otros veinticinco años para pasarlos de nuevo contigo – dijo él con el pensamiento perdido en algún lugar recóndito de su mente.
Ella le pasó con dulzura la mano por el cabello y contestó:
– ¿Por qué no…? Tenemos mucho tiempo todavía.
El hombre se volvió y acariciando su cara con suavidad, le dijo:
– Porque lo que yo quisiera es vivir de nuevo todo lo que hemos vivido – y su voz tenía algo de nostalgia.
A ella sólo se le escapó una lágrima…
… mientras le quitaba las gafas y el libro que aún conservaba sobre sus rodillas.
 

El misterio…

… que nos envuelve.
 
Sí, te parecerá extraño, pero cada persona que llega a nuestra vida, lleva con ella un misterio. 
Esta persona, la otra, la de más allá…
… ¿la de más allá?
Sí, mujer, aquella que está en la esquina y parece invisible.
No, no es posible. Yo creo que…
 
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El misterio es lo no evidente, las suposiciones en cascada, las preguntas en el aire, la vida secreta, las confesiones en tono bajo, la casa con dos puertas, las piernas cruzadas, el cigarrillo humeando frente a unos ojos entornados, la búsqueda…
 
Y yo que creo que estás equivocada…
El misterio de cada persona se encuentra en el fondo de sus ojos, en el de su alma. Es una luz muy sutil, casi invisible. Imperceptible para algunos. Evidente para otros. Que se encuentra detrás de una puerta que abrimos y cerramos a nuestro capricho.
Es el camino que conduce hasta el fondo de un ser humano y que siempre te recompensa cuando intentas transitarlo.
Es la esencia de lo que somos y lo que sentimos. Es lo que escondemos.
 
Quizá por eso es el misterio más difícil de resolver.
 
¿Estás de acuerdo conmigo…?

Irrazonablemente feliz…


Te pregunté si eras feliz, me respondiste… razonablemente feliz.

Y ahora en la penumbra de esta noche en la que un cierto airecillo de primavera entra por mi ventana, me pregunto si ser razonablemente feliz es una respuesta que yo puedo entender.
 ¿Qué significa ser razonablemente feliz?
Yo pensaba que ser razonable era otra cosa. Que podía ser razonable ante un enfado, una discusión, una decisión de futuro, una equivocación, pero… no sabía que ser feliz dependiera de que fuera o no razonable.
Aunque es posible que razonable sea una medida de cantidad y lo que me quieres decir es que eres feliz hasta un punto ¿no? Algo así como… soy kilo y medio de feliz.  No, tampoco lo entiendo.
 Yo cuando soy feliz, lo soy. Es posible que mi felicidad dure un minuto, un parpadeo, pero en ese momento soy intensamente feliz. Con una felicidad que se niega a ser razonable, porque eso implicaría que le pongo freno a esa sensación.
No creo que seas feliz, ni tan siquiera razonablemente feliz. Cuando te pregunté inclinaste la cabeza y meditaste tu respuesta.
Podrías haberme dicho “Soy feliz a ratos” “No soy nunca feliz” “No sé lo que es ser feliz” “Soy feliz” pero…  
Elegiste “razonable” y eso me sonó a respuesta que salía de tu cabeza, pero no de tu corazón.
Luego llegó tu pregunta… ¿lo eres tú?
Sí, lo soy… Irrazonablemente Feliz.

Las caras de la pasión…

Discutíamos sobre la pasión y tú me decías:
 «La pasión, ese sentirse arrebatado, obnubilado, entontecido pero eso… sólo puede durar como máximo uno, dos años. No creo que pueda durar más»
 Lo siento, no estoy de acuerdo contigo. ¿De qué hablamos, de la pasión en el sexo, en los sentimientos, la pasión en todo lo que hacemos y deseamos?
 La pasión no es eterna, en eso estoy de acuerdo contigo. No estamos en un eterno estado de apasionamiento. La pasión como la felicidad, son pequeños destellos de un estado de ánimo que desearíamos que durara siempre.
La pasión se alimenta del amor y no al contrario.
 
La pasión es abrir los ojos y encontrarte a tu lado a la  persona que amas y darte cuenta de que aunque hayan pasado los días y los años, sigues deseando que te acaricie con la misma necesidad que sentiste al  verle la primera vez.
La pasión es desear que tus hijos sean felices viviendo sus propias vidas.
Es sentir que la vida te ha hecho un regalo cuando una tarde quedas con un amigo y mientras charlas con él, sabes que los lazos que le unen a ti no pueden romperse ni con la muerte.
La pasión está ahí.
Puede dormir o aparecer de improviso. No la llamas, no la esperas, pero sientes que algo te arrebata y es entonces cuando un hormigueo recorre tu cuerpo y unas veces es la sangre que se acelera por tus venas, otras es la ternura infinita que fluye de tu corazón y otras es el dolor que te atraviesa.
Apurar la vida a sorbos  bebiendo todo lo que te ofrece  y pensando que realmente vale la pena vivirla…  ¿no es eso la pasión?